Vamos a comenzar nuestro estudio del presente año con el texto de una carta de la filósofa Simone Weil a una de sus estudiantes. La carta la escribe Weil cuando comienza a trabajar en una fábrica:
En la fotografía la séptima obrera de la izquierda es S. Weil Éste
es el “contacto con la vida real” del cual te había hablado. Lo
conseguí gracias a un favor; uno de mis mejores compañeros conoce al
administrador – delegado de la Compañía, le explicó mi deseo y el otro
comprendió, lo cual denota una amplitud de espíritu realmente
excepcional en esa clase de gente. En estos tiempos es casi imposible
entrar en una fábrica sin certificado de trabajo, sobre todo cuando si se
es, como yo, lenta, torpe y poco robusta.
Quiero decirte enseguida
–por si acaso quisieras orientar tu vida hacia un rumbo semejante- que,
aunque mi felicidad- por haber llegado a trabajar en una fábrica- es muy
grande, no lo es menos por el hecho de no estar encadenada a este
trabajo. Simplemente, he tomado un año de vacaciones “por estudios
personales”. Un hombre, si es muy listo, muy inteligente y muy robusto,
puede racionalmente esperar, dado el estado actual de la industria
francesa, llegar en la fábrica a un puesto en el cual le sea permitido
trabajar de una manera interesante y humana; pero incluso estas
posibilidades disminuyen cada día con el progreso de la racionalización.
Las mujeres están confinadas en un trabajo absolutamente maquinal, que
no exige otra cosa que rapidez. Cuando digo maquinal no imagines que
puedes soñar en otra cosa cuando lo haces, ni mucho menos reflexionar.
No, lo realmente trágico de esta situación es que el trabajo es
demasiado maquinal para ofrecer material al pensamiento, y que además de
ello prohíbe también cualquier tipo de pensamiento. Pensar equivale a
ir menos de prisa; y hay normas de velocidad establecidas por burócratas
despiadados, que hay que seguir para no ser despedido y para ganar lo
suficiente (el salario es a tanto por pieza). Yo no puedo todavía con
ellas, por muchas razones: la falta de hábito, mi poca habilidad
natural, que es considerablemente pequeña; una cierta lentitud, también
natural, en los movimientos; el dolor de cabeza y una cierta manía de
pensar, de la cual no consigo desprenderme. En cuanto a las horas de
descanso, teóricamente existen en grado suficiente con la jornada de 8
horas, pero prácticamente quedan absorbidas por un cansancio, que a
menudo llega hasta el embrutecimiento. Si quieres completar el cuadro,
añádele que se vive en la fábrica en una atmósfera de subordinación
total, perpetua y humillante, siempre a las órdenes de los jefes. Claro
que todo esto te hace sufrir más o menos según el carácter, la fuerza
física, etc. Habría que precisar más, pero a grandes rasgos es así.
Todo
esto no impide que –aun cuando sufra- sea mucho más feliz de estar
donde estoy de lo que pueda decirte. Lo he deseado desde no sé cuántos
años, y no lamento el no haber llegado hasta ahora, porque sólo ahora
soy capaz de sacar todo el provecho que esta experiencia supone para mí.
Sobre todo, porque experimento la sensación de haber salido de un mundo
de abstracciones y de encontrarme entre los hombres reales: buenos o
malos, pero de una bondad o de una maldad verdaderas. La bondad sobre
todo, en una fábrica, es una cosa real cuando existe; el mínimo acto de
benevolencia, desde la simple sonrisa hasta el servicio prestado, exige
vencer la fatiga, la obsesión del salario, todo lo que agobia e incita a
replegarse sobre sí mismo. El pensar mismo pide un esfuerzo casi
milagroso para elevarse por encima de las condiciones en que se vive.
Ahí no ocurre como en la universidad, donde a uno le pagan por pensar o
por lo menos por hacer algo semejante; ahí la tendencia es más bien a
pagar por no pensar; luego, cuando se percibe un destello de
inteligencia, se está seguro de no equivocarse. Fuera de esto, las
máquinas en sí mismas me atraen y me interesan vivamente. Y confieso que
estoy en una fábrica para informarme sobre cierto número de cuestiones
muy precisas, que me preocupan y que no puedo enumerar.
- Weil, S. Carta a una alumna (1934)
Actividades:
1. Leemos la carta de manera conjunta para poder comentarla, discutirla y responder a las siguientes preguntas de manera individual en la carpeta de clase (las preguntas y sus respectivas respuestas tienen que estar escritas en dicha carpeta):
A) ¿Qué es lo que más te llamó la atención de lo que leíste en la carta? ¿Por qué?
B) ¿Qué relación tiene esta carta con nuestra realidad como parte de una institución educativa? ¿O no tiene ninguna relación? Justifica tu respuesta.